lunes, 6 de marzo de 2017

Nueva maternidad:

Como ya comenté por aquí, hace unos meses he sido madre por segunda vez, así que ya no soy una mamá tan novata, sino más bien todo lo contrario, y tengo que decir que ha sido una experiencia totalmente diferente a lo anterior.

Empezaré con el embarazo.

Aunque el primero ya tuvo sus momentos de traca, con un ingreso hospitalario e hipertensión, éste se ha llevado la palma; comenzó igual que el otro, sin nauseas, vómitos, ascos u olores, sólo con algún mareo, pero en la semana 13, justo el día que iba al ginecólogo a hacerme el screening (si todo salía bien, ya lo iba a decir en el trabajo), tuve un desprendimiento completo de la bolsa.

Todo comenzó un poco antes de la hora de comer, fui al baño y no podía orinar bien, me costaba trabajo, aunque en ese momento no lo asocié con nada específico. Pero después de comer, sobre las 16 hs, se me puso de repente todo el abdomen duro como una piedra, igual que con las contracciones de Braxton Hicks, y comencé a notar un dolor punzante, horrible en toda la zona, que se iba haciendo más y más fuerte por momentos, tuve que agarrarme a la mesa para no gritar, hasta que de repente oí un chasquido, y el dolor cesó a la vez que notaba una sensación de calor muy intensa en la vagina. Fui corriendo al cuarto de baño, y estaba sangrando, no manchando un poco, no, sangrando como hubieran abierto un grifo a máxima potencia. Volví a mi mesa, cogí una compresa, y les dije a mis compañeras que tenía una hemorragia (ellas ya sabían que estaba embarazada) y me fui disparada al ginecólogo, que ya era casualidad que tuviera cita para aquel día.

Por el camino llamé con el manos libres a mi madre que había ido a recoger a mi hijo mayor, y ella como siempre tan optimista, igual que mi abuela, me espetó, pues nada hija olvídate que eso es un aborto. Después llamé a mi marido, para contarle lo que sucedía, y me dijo que le contaba, que si es que quería que fuera a la consulta del ginecólogo conmigo, porque no podía ir que estaba en el trabajo, le contesté que que menos que decírselo, y me respondió, pues bueno ya estoy informado y colgó. Todo esto mientras iba conduciendo por la autopista.

Así que ahí llegue yo a la consulta del ginecólogo, como pude y medio desangrándome. También había llamado a la consulta contando lo ocurrido y me hicieron pasar nada más llegar. La compresa que me había puesto en el trabajo hacía escasamente media hora, ya estaba completamente empapada y me corría la sangre por las piernas. El médico lo primero que miró es si el feto tenía latido, que lo tenía, y si la placenta se había desplazado, que no, eso era lo importante, ya que si la placenta se movía el bebé no se alimentaba y ya si que no había que hacer. La bolsa se había desprendido por completo de las paredes del útero, pero el bebé estaba vivo y alimentándose, así que tenía que guardar reposo.

Esa noche empapé las compresas, el pijama, las sábanas y la funda del colchón, como si hubiéramos matado a un cerdo en mi cuarto.  Y ahí comenzó mi estancia en casa, que se prolongó durante todo el embarazo. Durante la primera semana, vi mucho la televisión, siempre he sido seriéfila así que aproveché. Mi madre venía por las tardes a cuidar de mi hijo cuando salía de la guardería. A la semana pedí que por favor, me trajeran el portátil de la oficina y comencé a trabajar desde casa.

A los 15 días volví al ginecólogo, me dijo que todo iba bien, que la bolsa se estaba uniendo de nuevo al útero, y que me podía mover e incluso ir a trabajar (menos mal, porque de nuevo había ido yo sola al ginecólogo, aunque esta vez me cogí un taxi). Al llegar a casa puse una lavadora, tampoco hice mucho más, pero por la noche tuve una nueva hemorragia, cogí el coche y me fui a urgencias (si, sola y conduciendo) la bolsa se había vuelto a desprender, esta vez de forma parcial, y tenía que volver a guardar reposo.

Y así estuve, en casa. Otro día comencé a notar mucho flujo, demasiado, y demasiado líquido, volví a urgencias, al parecer no era líquido amniótico. Pero en la ecografía de las 20 semanas, la bolsa mostraba indicios de haberse roto en algún momento, y había sangre en el líquido. Del resultado de esa ecografía dependía que dieran el alta o no, y a la vista del resultado no me la dieron, estuve de baja el resto del embarazo.

Más o menos sobre la semana 25, parecía que el tema de la bolsa estaba más o menos superado, y me dejaron salir de casa, nadie sabe lo que es estar sin salir, y poder de nuevo respirar el aire de la calle. Pero entonces, empezó el calor en Madrid, yo creo que no hay experiencia más horrible que estar embarazada en verano. Una mañana me levanté con una pierna, la izquierda, muy hinchada y la otra no, se lo comenté al ginecólogo, que enseguida dio un respingo... riesgo alto de trombosis. Creo que entre un embarazo y otro, sólo me ha faltado tener diabetes gestacional.  Me mandaron nadar, darme masajes, poner los pies en alto, no podía estar más de 2 horas sentada... todo esto mientras me caían kilos y más kilos encima, 36 engordé en total.

Y así pasamos el verano, yendo a la piscina con mi hijo, ya que no nos pudimos mover de Madrid, mirándome continuamente las piernas. El otoño trajo vientos nuevos y algo de fresquito, menos mal, y me puse de parto.

Comencé a tener contracciones a las 8 de la mañana de un día de fiesta, y al romper aguas todos a la clínica, incluido nuestro hijo, que el pobre no entendía muy bien que pasaba y sólo me decía que quería desayunar, le di una caja de galletas, tal cual, pobrecito. Luego en la clínica le recogieron mis padres.

Como mi primer parto fue tan precipitado, me llevaron directamente al paritorio sin pasar por la habitación. Curiosamente me tocó el mismo anestesista que la otra vez, pero la experiencia fue muy distinta. Tengo unas venas horribles, horribles de verdad, muy finas, muy profundas, y se colapsan con facilidad, pincharme a mi es de nota, soy el terror de las enfermeras. Siempre lo advierto, pero no suelen hacerme caso, hasta que les toca buscarme la vena, claro. La enfermera no fue capaz, la matrona menos, y le dejaron al anestesista la tarea de cogerme la vía. Yo no le recodaba así, pero fue borde, borde, borde, grosero y antipático a más no poder, conmigo, con la matrona y con la enfermera, que hasta me miraban entre ellas, no sé si porque es así siempre, o la otra vez tuve suerte, o porque estaba de mala hostia por tener que trabajar un día festivo, pero el caso es que no pudo ser más desagradable. Le dije que mis venas eran muy malas, pero pasó, y claro cuando empezó a palpar se cagó en todo, pero ni cortó ni perezoso cogió una aguja y me pinchó así sin más, como si entrara a matar en Las Ventas, haciéndome un daño horroroso, grité, y me dijo literalmente que era una quejica y una floja, por supuesto, no cogió la vía en ese intento, pero del pinchazo comenzó a salir sangre a borbotones, que la matrona trató de parar. Me mareé, no olvidemos que estaba de parto y con contracciones, la matrona me tumbó para mofa del anestesista, algo muy profesional por su parte. Tuvo que intentarlo al menos dos veces más, hasta que lo consiguió. Luego al ponerme la epidural me hizo muchísimo daño, más del normal, lo sé porque ya me la habían puesto otra vez, y precisamente este mismo anestesista, cierto es que me la puso bien porque luego no tuve ni dolor de espalda ni de cabeza, pero contra me hizo mucho daño. Y claro como me queje, vamos di un grito, siguió con lo de que floja, y no sé cuantas cosas más, de hecho así se fue del paritorio.

Sin comentarios.

Con la epidural puesta, llegó mi ginecólogo, todo un alivio verle. Como mi primer parto fue precipitado, me había dado su móvil para que le llamase cuando estuviera de parto, todo un detalle. Todos esperábamos que el segundo parto fuera incluso más sencillo que el primero, pero no fue así. Dilaté rápido, pero el bebé no bajaba, no bajaba, y esperamos. Entró en bradicardia sostenida, vamos, que se le paró el corazón, el médico metió la mano, algo le impedía bajar y cuando lo intentaba se le paraba el corazón. Me pararon las contracciones con un medicamento que me provocó taquicardia y fuertes temblores (me lo advirtieron antes) y vivimos unos momentos muy tensos en el paritorio. Lo bajó al canal del parto con la ventosa (cuando la vi, casí me da algo), pero no salía. Al final le dijo a la comadrona se subiera y me metiera el codo, a mi que empujara cuando me dijera como si me fuera la vida en ello, y le pidió a la enfermera los forceps, porque tenía que sacarlo ya. Y así salió. Venía de cara, por eso no bajaba, y con doble vuelta de cordón, por eso se le paraba el corazón. El médico me dijo que porque era el segundo y yo era buena paridora, sino ni intenta lo de los forceps y nos íbamos directamente a cesárea. Hasta la placenta tardó en salir, no fue desde luego un parto fácil. Me dieron yo que sé cuantos puntos.

Pero después de tantas idas y venidas, mi bebé estaba en el mundo, y estaba bien.

Y de ahí a la habitación, que alegría me dió llegar.

Los días siguientes fueron muy distintos a los transcurridos con mi primer hijo, en primer lugar, no vino a verme casi nadie. Con el primero la habitación parecía una estación de metro, al segundo casi no fue nadie a verle, hasta el punto de que yo en determinados momentos me sentí muy sola. Sé que hay mujeres que no quieren visitas, bien, pues se pregunta a la madre y ya está, no se dan las cosas por supuesto. Tampoco tuve flores, ni apenas regalos, cuando con mi primer hijo, mi padre y mi marido tuvieron que hacer varios viajes a casa para ir llevando cosas... en fin que triste. De hecho, es la fecha (y han pasado muchos meses) que hay mucha gente que aún no ha venido a conocer a mi bebé.

Los puntos me dolían, mucho, y me medicaron para que no me quedara en cama, el riesgo de trombosis era aún más alto ahora y se me disparó la tensión. Me dieron el alta con 14/9, e instrucciones de vigilancia en casa. A los pocos días me tuvo que llevar mi marido a urgencias porque llegué a los 16, afortunadamente tras un par de semanas comenzó a bajar.


Ya estaba en casa con mi bebé. Pero el segundo postparto ya lo cuento otro día.

viernes, 20 de enero de 2017

La generación del Dalsy:

Si digo que conciliar maternidad y trabajo fuera de casa es complicado, no descubro nada nuevo, aunque es cierto que solamente las madres trabajadoras (por regla general, a los padres españoles les queda mucho camino por recorrer en la asunción de responsabilidades en este tema) sabemos realmente cuán difícil es; y como si el niño/a se pone malo, la cuadratura del círculo es un juego al lado de lo que nosotras hacemos. Yo a veces hasta creo oír de fondo la música de Misión Imposible, bueno lo cierto es que me la canto yo misma, por aquello de rebajar presión.

Claro está que hay determinadas circunstancias que hacen que dicha tarea, propia de los doce trabajos de Hércules, sea más o menos complicada. Para mi las principales serían:

- La flexibilidad laboral, es decir, la posibilidad de acomodar tu horario de trabajo a tus necesidades personales. No es la panacea, pero ayuda, sobre todo a la hora de tener que llevar el niño al médico, o ir al trabajo después de una, o varias, noches en vela, y a menudo en urgencias. Y es que aunque a algunos les parezca un escándalo, se puede hacer el mismo trabajo que tus compañeros, pero a otras horas, porque al final, no nos engañemos lo importante es que el trabajo salga, algo también aplicable a la reducción de jornada.

- El teletrabajo, ese invento que te permite realizar tu trabajo desde casa, y que a muchos todavía les parece tan lejano y ficticio como la teletransportación de Start Trek. Claro que va totalmente en contra de esa filosofía laboral tan extendida en nuestro país, popularmente conocida como "calentar silla", y que lleva a muchos a pensar que el mejor trabajador/a es aquel que se está siempre en su puesto y hasta las mil, da igual que entre medias se haya tomado siete cafés, y haya bajado nueve veces a fumar a la calle aunque no fume, se queda hasta tarde. Al algunos les deberían explicar el significado de la palabra productividad.

- El tercer elemento, y el recurso más habitual son los abuelos, vamos que dejas al niño/a con tus padres o tus suegros, y te largas a trabajar tras, en mi caso, cruzarte todo Madrid en hora punta, y tratar de llegar a una hora razonable a la oficina (de ahí al Paris-Dakar de cabeza), aunque hay suertudos que los tienen al lado de casa, pero no es mi caso.  Consejo para todas aquellas parejas jóvenes que estén buscando piso y quieran tener hijos en el futuro: quedaros cerca de la familia, la vais a necesitar.

El último recurso, cuando falla todo lo anterior es recurrir al Dalsy o la Apiretal, es decir, le metes un chute de antitérmico a la criatura, le endosas al cole/guarde, te vas a currar y que sea lo que Dios quiera. Por desgracia, ésto es lo más habitual de unos años a esta parte, sobre todo en las grandes ciudades donde hay mucha gente que procede de otras provincias, y no tiene aquí a la familia, o como en muchos casos los abuelos aún trabajan. Hombre, también te puedes coger el día de vacaciones, si, pero no hay vacaciones que cubran el calendario escolar y además las enfermedades infantiles. Por eso, yo a nuestros niños les llamo la generación del Dalsy, porque al final para que este medicamento quien les está criando, pobrecitos míos.

Ya hay muchos colegios que tienen servicio médico (algo impensable cuando yo era pequeña), y te entregan un protocolo para cuando les tengan que administrar ellos medicamentos. Hay otros colegios (la mayoría públicos), donde no te dejan que los niños vayan a clase con medicación. No sé como lo harán los padres en estos casos, a mi si muchas veces no me hubieran dejado llevar a mi hijo mayor con medicación en la guardería, no sé como hubiera podido seguir trabajando.

Toda esta reflexión, con la que no le descubro nada nuevo a nadie que tenga hijos, viene a raíz de una conversación que tuve recientemente, con una amiga que reside en Alemania con su marido y su hijo de casi dos años. Le comenté que cómo lo hacían estando ellos solos (ella española, él italiano) sin abuelos que les ayuden, y me respondió que es complicado, sobre todo cuando se pone malo, pero que en esos casos teletrabaja o si ve que el niño no la va a dejar hacerlo, pide el justificante.

¿El justificante? ¿qué justificante? ¿de qué me estaba hablando?

Bueno pues es que resulta que en Alemania, cuando tu niño/a se pone malo, su pediatra te hace un justificante para tu empresa en el que indica que considera que el niño se tiene que quedar en casa X días, y nadie ve mal que tú te quedes a cuidarle, es más, lo ven lógico, es tu hijo. Cuando la dije que aquí mucha gente le mete un chute de Dalsy (que por cierto, allí no existe, no hay nada parecido) y ala para la calle, le pareció un escándalo, horrible, y es que no nos engañemos, lo es, pero hace tiempo que hemos perdido la perspectiva.

Sin embargo, para llevar a cabo estas medidas en España harían falta dos cosas:

1.- Concienciación de la sociedad y los empresarios, de manera que nadie viera mal que un padre o una madre faltaran al trabajo para cuidar a su hijo.

2.- Que se usara con responsabilidad, ya que no olvidemos que estamos en un país que hizo de la picaresca uno de sus grandes géneros literarios del siglo de oro.


Por cierto, han pasado semanas desde esta conversación, y a mi aún me dura el cabreo con este país. Se me va a tardar en pasar, bastante tiempo. 

martes, 20 de septiembre de 2016

De la elección de colegio, y el valor de la educación.

Este año me he tenido que enfrentar a uno de los momentos que más temen muchos padres, la elección de un colegio para mi hijo. ¿Y por qué es tan temido? muy sencillo, por las historias de terror acerca del tema que nos han contado otros padres que han sufrido la experiencia antes que nosotros. Horarios que no cuadran, colegios conflictivos, falso bilingüismo, cupos cubiertos... parece algo parecido a la Aventura del Poseidón, pero una vez superado, tengo que decir que no ha sido para tanto. Así que mejor no agobiarse con el tema.

Como sé que hay gente que me lee desde Sudamérica, os explico que en España existen tres tipos de colegios, los públicos, los privados y los concertados. De hecho, creo que es el único país del mundo donde existe esta última modalidad. Se trata que algo que puso en marcha el gobierno socialista de Felipe González en los años 80, y que consiste en dar una subvención de dinero público a colegios privados, de manera que la escolarización en los mismos sea más económica y por tanto, accesible a más capas sociales. Con ello se resolvían en la época dos problemas de un plumazo, por un lado el elitismo de los carísimos, e innaccesibles para la gran mayoría, colegios privados, y la carencia de plazas suficientes en centros públicos. En España, como en el resto de Europa, la escolarización no sólo es obligatoria, sino que es un derecho fundamental de todos los españoles, recogida en el Título I de nuestra Constitución, por lo que el Estado tiene que garantizar por Ley, si o si, una plaza a todo niño en un colegio público o, como en el caso de los concertados, subvencionado por el Estado. Sin embargo, en los primeros años de nuestra actual democracia, los gobiernos de la época se encontraron con que, sobre todo en las grandes ciudades, ésto no era algo tan fácil, y era más económico dar las subvenciones a los colegios privados que quieran adherirse que construir todas la escuelas públicas que hacían falta en aquel momento. A mi me parece una solución muy inteligente, la verdad.

¿Cómo se había llegado a esa situación? muy sencillo, históricamente en este país la enseñanza había sido un privilegio de las clases pudientes. Los colegios estaban mayoritariamente en manos de congregaciones religiosas, y orientados a educar a los hijos de aquellos que podían pagar. No había un sistema público de enseñanza, y los niveles de analfabetismo eran de los más altos de Europa. Estoy hablando del s.XIX y comienzos del XX. Pero estaba claro que un país sucesivamente en manos de monarquías absolutistas, gobiernos pseudodemocráticos elegidos en el mejor de los casos por sufragio censitario, alternando liberales y conservadores en el poder (como tan bien lo reflejara Galdós en su novela Miau) o por dictadores como Primo de Rivera, era más fácil de manejar cuanto menor fuera el nivel de estudios de la población.

A veces pienso que ésto no ha cambiado tanto.

En las zonas rurales el problema se agravaba más, porque no sólo es que no hubiera escuelas, es que nadie, salvo el cacique del pueblo, se planteaba enviar a sus hijos a estudiar. Se tenían muchos hijos, más incluso de los que se podían alimentar, para que ayudaran en el campo. Con apenas cuatro años ya estaban trabajando. Y ahora nos escandalizamos de la explotación infantil en el tercer mundo, que poca memoria tenemos los españoles.

Con la llegada de la II República, se produjo uno de los grandes hitos en la historia de la educación en este país, la reforma educativa. Porque el saber nos hace libres, y la educación nos da alas, se creó toda una red de escuelas públicas, mejorando con sumo lo ya existente, de manera que hasta en el rincón más inhóspito de la España más profunda, hubiera un colegio estatal, que garantizara una educación de calidad y gratuita a todos los estamentos sociales. Además, cuando hablo de calidad, hablo también de modernidad, aunque ésto último sólo se percibió en las grandes ciudades, no dio tiempo a más. Mi abuela paterna, madrileña de pura cepa, estudio en un instituto público (si, fue al instituto) con el sistema de la reforma educativa. No tenía nada que envidiar a la educación actual. Eran laicos y modernos, tenían extraescolares como baloncesto (con lo que implicaba para la pacata mentalidad de la época que una mujer practicara un deporte, y encima en pantalón corto) o visitas a museos. Mi otra abuela no tuvo tanta suerte, natural de una aldea del norte de España, sus padres no la dejaron ir al colegio, porque para que quería una mujer aprender nada; se escapaba de sus tareas en el campo para ir a la escuela, hasta que la pillaron sus padres, aunque gracias a eso por lo menos mal leía y mal escribía. Para que se vea como ha avanzado la situación en este país, las mujeres de mi familia somos un gráfico ejemplo: mi abuela materna era analfabeta (lo digo abiertamente, porque no creo que sea algo vergonzoso, ni a ocultar), mi madre pudo ir al colegio, pero a los 12 años comenzó a trabajar (algo muy habitual en la época), y yo tengo una licenciatura universitaria y un máster de postgrado.

Por favor, no dejemos que este país involucione. Aún recuerdo a mi abuela, acercándose sigilosamente a mi mientras estudiaba, para susurrarme al oído, "estudia, estudia tú por mi, todo lo que yo no pude estudiar". Eso, y sacarse el carnet de moto, eran sus dos grandes frustraciones en la vida.

La guerra civil supuso el cierre de los colegios e institutos, y la llegada de la dictadura franquista un retroceso abismal. Se mantuvieron abiertas las escuelas estatales, si, pero se utilizaron como medio de adoctrinamiento de la población. Se utilizaba un libro de texto, el Florido Pensil, que leído ahora pone el vello de punta. Los colegios privados, en mano de la Iglesia católica, no eran mucho mejores, en el plano académico si, desde luego, era donde se aprendía, pero muchos también eran utilizados como un medio de represión del pensamiento. Sin embargo, comenzaron a surgir colegios privados que no estaban en manos de la Iglesia, sino que eran fundados por seglares en un intento de abrir pequeños oasis de pensamiento, era lo que quedaba de la reforma educativa de la II República y la educación libre de enseñanza. Mi padre estudio en uno de esos colegios, donde para su sorpresa, le enseñaron a pensar. Pero sólo estaban al alcance de las clases sociales más pudientes.

Otra cosa era la Universidad. Hasta los años 90 no hubo universidades privadas en España, sólo existían las públicas (con la excepción de ICADE/ICAI, Deusto y Comillas, que eran y son de la Iglesia católica, y que a parte de carísimas, siempre han gozado de un más que excelente nivel académico), lo que hace que tuviéramos y tengamos una de las mejores Universidades Públicas del mundo (que espero mantengamos), a la que por desgracia hasta los años 70/80 no tuvo acceso la mayoría de la población. Es cierto, que durante la dictadura no había libertad de cátedra, y había espías del régimen infiltrados entre los estudiantes, pero aún así fue el germen del comienzo de la oposición a la dictadura; mi padre comenzó sus estudios en la Complutense en septiembre del 68, y recuerda perfectamente la bocanada de inusitada libertad que suponía en aquella época ser universitario.

Y llegamos a los primeros años de la democracia, cuando nací yo, justo a la vez que la Constitución. Los gobiernos primero de UCD y después del PSOE, como digo se encontraron con que debían garantizar una educación gratuita todo el mundo, pero no tenían de donde sacar el dinero, así que digamos tiraron por la calle del medio. Al sistema de concierto se adhirieron en su mayoría los colegios religiosos, y así continúa siendo en la actualidad; se da un importe fijo por niño/año y los padres deben sufragar la parte de la plaza de su hijo que no cubre el dinero dado por el Estado, lo cual obviamente varía mucho de unos colegios a otros. Comedor y extraescolares se pagan por los padres, pero eso es igual en los colegios públicos.

La mayoría de colegios privados creados a lo largo de la segunda mitad del s.XX continúan siéndolo, amén de muchos otros posteriores, sobre todo con la llegada de los llamados colegios internacionales. Son carísimos, y en muchos de ellos apenas queda un resto de lo que fueron, algunos se han convertido en un "pago para que aprueben a mi hijo", lo que es una lástima. Otros no, son muy buenos, aunque evidentemente sólo para quien los pueda pagar.

Actualmente se ha abierto de nuevo, sobre todo por las nuevas fuerzas políticas emergentes, el debate acerca de la necesidad de mantener los colegios concertados. Dicen que ya no son necesarios como lo fueron en su momento, pues ya hay suficientes escuelas públicas, y que supone tener menos dinero para el sistema de educación pública, que ha sufrido numerosos recortes con la crisis económica de los últimos años (lo cual es cierto). Pero por otro lado, también he leído ataques no tanto a la parte económica, sino al hecho de que en su mayoría son colegios religiosos, y es que vivimos un momento de inversión social en ciertos aspectos, en el que parece que ahora a la gente se la persigue por tener fé. No veía bien lo de antes, no veo bien lo de ahora, porque al final es lo mismo, no respetar la libertad de pensamiento individual (por cierto, y por si alguien tiene dudas, yo no soy una persona religiosa). También he leído auténticas soflamas en defensa del concierto de los colegios religiosos, basándose en ¿la Constitución?, madre mía, si todos los que la citan se la leyeran cuantas tonterías nos ahorraríamos de leer y oír. España es un estado aconfesional, y por tanto no tiene que garantizar una educación religiosa, y si una escuela pública de calidad. Seamos sinceros, lo que ocurre es que a muchos nos viene de perlas llevar a nuestros hijos a un colegio concertado, con educación y servicios de privado, a coste de público. No seamos hipócritas.

Sobre la calidad en la educación actual, ufff... creo que eso daría para una tesis doctoral. Pero vamos, creo que no soy la única que percibe que las generaciones actuales aprenden menos que nosotros, desde luego muchos de ellos a manejar correctamente el castellano, no. El éxito de muchos colegios concertados radica también precisamente en el hecho de que mantienen parte de la excelencia académica que tuvieron en otras épocas (dentro de lo que les permiten nuestros actuales y pésimos sistemas educativos). Evidentemente también colegios públicos realmente buenos, pero los pide todo el mundo, claro, y entrar es como que te toque el gordo de la lotería de Navidad, aunque debido a la baja natalidad, cada vez lo es menos.

Llegados a este punto de mi diatriba, retomo el inicio de esta perorata, la elección de un colegio para mi hijo. La mayor parte de disgustos ajenos que he presenciado, se han debido siempre al hecho de que los niños no han podido entrar en el colegio que querían los padres. Y muchos hacen de eso un auténtico drama.

En los colegios públicos y concertados se entra por puntos, puntúa la cercanía al centro, el ser hijo de antiguo alumno, tener hermanos dentro, ser hijo de un profesor, familia numerosa, tener algún miembro de la familia con discapacidad... Echas la instancia al colegio que más te convence, y entran los niños que tienen más puntos. Los que se quedan fuera son recolocados por la consejería de educación en aquellos colegios que nadie quiere, y ahí, es donde comienza el drama, porque los públicos y concertados ya tienen cubiertas la vacantes, y o te toca asumirlo, o pagar un privado, donde obviamente la admisión consiste en pagar y ya. El problema que esos colegios que nadie quiere, son colegios con un bajísimo nivel académico, y otros problemas añadidos.

Los colegios organizan jornadas de puertas abiertas para que los conozcas. A mi todo el mundo me dijo que visitara sólo tres o cuatro, pero me vi ocho, y no me arrepiento, es una decisión importante, y hasta que no vas y los ves, no te haces una idea real. Hice una pre-selección de los que quería visitar en base a algo que recomiendo a todos los padres que lean ésto, establecer unos criterios de lo que es conditio sine quam non para ti, en mi caso:

- Estar cerca de casa.
- Tener buen nivel académico.
- Tener un buen horario.

Lo demás me resultaba secundario. Lo he hablado con otros padres, y todos coinciden en que es fundamental, y varían mucho, por ejemplo hay que ha dicho que quería un colegio cerca de casa, con uniforme y religioso. Cada uno es un mundo, piensa que buscas tú, y no des palos de ciego.

Las jornadas de puertas abiertas se las curran mucho los colegios concertados (muchos hasta te invitan a comer) y muy poco los públicos, la verdad. Privado no vi ninguno, no los puedo pagar. Lo malo es que se paran demasiado en aspectos como el ideario del centro, y cosas así, algo que ya conocemos los padres que estamos allí, vamos a ver, que les hemos investigado previamente, por favor, cuénteme lo que me interesa, es decir, horarios, organización del día a día... vamos lo práctico, y lo que acabamos preguntando todos. Yo me iba con un cuaderno, y preguntaba tanto que el resto de padres me habían corro. Curiosamente, en el que colegio que finalmente he elegido a la profesora que interrogué es la tiene ahora mi hijo, jajajaja

En todo este proceso, me he encontrado con una variedad de padres que no esperaba, el padre/madre talibán (si, como con la lactancia materna), y es como en todo lo que afecta nuestros hijos, la gente se radicaliza mucho. Le tengo que dedicar una entrada del blog con calma. Pero me he encontrado con padres lanzado auténticas peroratas en el parque en defensa de la educación pública (que si, que está muy bien, pero vamos que cada uno lleva a sus hijos donde quiere) y que prácticamente me han dejado de tratar porque elegí para mi hijo uno concertado y religioso (consideran que les estamos robando el dinero). Y luego están los que creen que pagando más sólo obtienen lo mejor, y te miran con una mezcla de lástima/superioridad porque no has elegido un privado. !Dios, que hartura de gente¡

Por cierto, en mi caso tuve muchas dudas sobre que colegio elegir, porque me gustaban varios, aunque todos del mismo estilo, porque yo buscaba la disciplina académica de los colegios religiosos, y al final inclinó la balanza la ubicación y los horarios, porque luego entra en juego el tema de la conciliación laboral, aunque como decía Michael Ende en La Historia interminable, esa es otra historia, y deberá ser contada en otro momento.

jueves, 4 de agosto de 2016

Segundo embarazo

Bueno, pues aquí estamos de nuevo, otra vez embarazada. Supongo que debería renombrar este blog como Diario de una mamá ya no tan novata, pero no sé si blogger me va a dejar hacerlo.

Dejando de lado el embarazo en si, que está siendo de traca (ya os lo contaré), está nueva maternidad está siendo muy diferente a la primera. Para empezar no vives el embarazo igual, con el primero esperaba con ansiedad las visitas al ginecólogo, y cada prueba que me mandaba era un mundo. Ahora se me está pasando volando, y cuando me he querido dar cuenta ya me había hecho hasta la prueba del azúcar, y sin pena ni gloria. No me quiero ni imaginar como se debe vivir el tercero jajaja.

Además, tienes que atender al mayor, y no es tan fácil, si no puedo ni con mi alma. No sé como lo voy a hacer el último mes, que encima me coincide con la operación "empezamos el colegio". Ya veremos.

Luego está como lo viven los demás.

En el primero mi marido me acompañaba a todas las visitas del ginecólogo (es cierto, que se quedaba en la calle porque la única que subió fue con un embarazo anterior que terminó en aborto, y le dió por decir que era gafe. Pero me traía y me llevaba), no faltaba a una prueba, me hacía millones de fotos, fotografió el proceso de preparar su cuarto, venía a comprar las cosas.... Ahora, como definirlo, hum... ¿pasa? por supuesto no ha hecho ni amago de llevarme al médico (cierto es que está trabajando, pero es que ha habido veces que ni me ha preguntado. Y la guinda fue al inicio, que ya lo contaré con calma pero tuve una hemorragía de las de "me estoy desangrando cual cerdo en plena matanza" en la semana 13, porque tuve un desprendimiento completo de la bolsa, le llamo para contárselo y que voy de camino al ginecólogo y va y me contesta "y yo que quieres que le haga, estoy en el trabajo, no pretenderás que vaya". Claro que la respuesta de mi madre fue " uy pues ya puedes olvidarte que eso es un aborto"). Además, casi he tenido que exigirle que por favor me hiciera alguna foto. De los preparativos pasa completamente, me estoy encargando yo de todo, él sólo me pregunta que cuanto hay que pagar. Y las pruebas... cuando tuve la ecografía de las 20 semanas y me dijo que no me acompañaba, que para qué, casi tuve que amenazarle con el divorcio si no venía, finalmente se cogió el día de vacaciones. El día de la prueba del azúcar vino, si, y miró el reloj cada segundo que pasaba porque se tenía que ir a trabajar. Con todo ésto no quiero decir que no sea cariñoso y no se preocupe por el bebé, es que la diferencia de actitud es tan grande que no deja de sorprenderme.

Luego están mis padres. Mi padre pasa, claro que también pasó con el primero, las dos veces cuando le he dicho que estaba embaraza su respuesta ha sido algo así, ah, hum, poco más, cuando nazca le compará hasta lo incomprable que le conozco, pero de momento pasa. Luego está mi madre, con el primero me dijo "ah, entonces no puedes comer jamón (porque estaba haciendo habas)" y con el segundo "bueno, supongo que te tendré que dar la enhorabuena, ¿no? al fin y al cabo es mejor que una enfermedad". Luego es cierto, que como he tenido que guardar reposo, la pobre se ha cruzado medio Madrid en metro todas las tardes para cuidar de mi y del mayor, la he visto muy muy preocupada por mi salud, y muy pendiente de mi hijo, pero no muy ilusionada con la llegada de un nuevo nieto. No paran de repetirme "será el último, ¿no?" o "después de éste todo a la parroquia". Claro que mi marido me dice que si por cualquier cosa me vuelvo a quedar embaraza emigra al extranjero, sé que es broma, pero me lo ha repetido tantas veces que como se suele decir ya huele, hasta mi madre me hace la bromita.

Mis suegros se alegraron mucho, aunque mi suegra quería una nieta y no es, así que no para de repetirme que tengo que ir a por el tercero, que no puedo quedarme sin tener una niña como le pasó a ella.

Por otro lado a estas altura de embarazo con mi primer hijo había recibido ya varios regalos, y yo creo que con este directamente no me va a regalar nadie nada. Caerá el típico trajecito y ya. Supongo que la gente piensa que cuando ya has tenido un hijo, para el segundo ya lo tienes todo. No piensan que muchas cosas fueron prestadas y las has tenido que devolver, o que no te coinciden las estaciones y la ropita no te sirve, que tienes que comprarle una cama al mayor con todo el gasto que eso supone, que al pequeño también hay que comprarle algún mueble aunque sólo sea para poder guardar su ropa.... Tengo amigas que si me han ofrecido muchas cosas de sus hijos, pero el resto del mundo ha desaparecido. No quiero que ésto se malinterprete y nadie piense que quiero que me regalen cosas, es simplemente que me sorprende la diferencia.

Al final va a tener razón mi abuela, y al primero lo cría la madre, al segundo lo cría la Virgen y el tercero se cría sólo.

domingo, 3 de enero de 2016

La Eupeptina y el estreñimiento crónico

Desde que nació mi hijo sufre de estreñimiento crónico. Así de primeras puede parecer una cuestión baladí, pero os aseguro que no lo es.

Todo comenzó en el hospital nada más nacer, no expulsaba el meconio y yo lo achacaba a que estuvo casi un día sin comer (ver mi entrada sobre la lactancia materna), sin embargo, la enfermera del turno de noche me dijo que tenía la tripita muy dura, y que no podía ser, que tenía que expulsarlo (fue la misma que tras oírle llorar desesperadamente me trajo su primer biberón, menos mal). Para ello, tuvo que estimularle con masajes en el abdomen y analmente. Aquello fue el comienzo de una odisea que aún no acaba.

Cuando era un lactante, los pediatras (consulté a varios) me decían que era debido a la leche, que es que estriñe, que mejoraría cuando comenzara con los cereales. Cuando no mejoró con los cereales, me dijeron que iría a mejor con la alimentación sólida, cuando eso no ocurrió, me dijeron que le diera una dieta especial rica en fibra, como dio igual, que me pasara al movicol pediatrico (un laxante) durante 15 días, pero ¿y si al retirarlo todo sigue igual o empeora? además, ¿no es posible que su intestino se acostumbre a los laxantes si se le empiezan a dar tan pequeño? El silencio fue la respuesta, así que he pasado de los pediatras y he pedido cita con un especialista de digestivo infantil. Ya os contaré que me dice.

Durante todo mi periplo de pediatra en pediatra (7 en total) siempre ha habido una respuesta común desde el primer día: dale eupeptina. ¿Y eso qué es? os preguntaréis, pues son unos polvos blancos que se disuelven en la leche por la mañana, y en mi caso también por la noche, modificando la dosis en función de como vaya el niño.

Pero ha sido siempre todo, dale eupeptina, no pasa nada es inocua. Vale, es inocua, pero llevo dándosela 2 años y 8 meses, y el problema continúa.

El problema principal, y eso lo sabemos todas las madres que tenemos niños con estreñimiento crónico, es básicamente que no te hacen ni puñetero caso. Se lo dices al médico y como si le estuvieras diciendo que tienes un tío en Cuenca, bueno a lo mejor eso le parece hasta más interesante. Pero tú sabes que si que es un problema, porque cuando tu hijo lleva 2, 3 o hasta 4 días sin defecar, se le forman una bolas duras como piedras que no puede expulsar, y llora y grita como si le estuvieran arrancando la piel a tiras, y como le duele llega un momento que no quiere hacer ningún esfuerzo para ir al baño y se entra en un círculo vicioso. Y el problema es que si no expulsa esas bolas, se le puede provocar una obstrucción intestinal de la que habría que operarle, pero a ti en la consulta no te hacen ni caso.

La primera pediatra que visité, la del ambulatorio (ya he hablado sobre ella con anterioridad), me dijo nada dale eupeptina, pero así sin más, sin indicarme como, ni cuando, ni cuanto, como si una naciera sabiendo como administrar todos los medicamentos del vademécum médico. El caso es que la compré, y me encontré con la sorpresa de que en el prospecto no había un apartado de posología, así que volví a consulta, y mirándome por encima de las gafas, y con aire cansado y sabiondo, resopló y me dijo, media cucharadita en el primer biberón. Lo que no añadió fue todos los días, eso lo supe después.  Entre tanto, nosotros habíamos seguido estimulándole como nos habían enseñado en el hospital, era la única manera de que hiciera caca.

Así que decidí consultar al segundo pediatra, uno del seguro privado. Este me dijo de nuevo lo de la Eupeptina, pero si que ya me dio instrucciones mucho más precisas, como que había que administrarla a diario, y que también se podía dar por la noche, adaptando la dosis a como fuera el niño. Lo que dijo es que ni se me ocurriera seguir estimulándose, que eso era una barbaridad.  A los pocos días de dejar de estimularle, como no defecaba se le formó una bola tan grande que no era capaz de expulsar (tenía 2 meses), así que tuvimos que partirla como pudimos con un bastoncillo ya que se le quedó atascada en el recto. Fue horrible, comenzó a sangrar, me lo llevé a un pediatra de San Rafael (el tercero), y me dijo que se había hecho una fisura en el ano. Le tuvimos que dar una pomada antibiótica durante una semana. Evidentemente nunca volví al segundo, y comencé a ir al tercero como pediatra habitual.

Con cuatro meses el pediatra de San Rafael, me dijo que le diera fruta y cereales sin gluten, y zumos de naranja y uva. Cuando fui a la revisión del ambulatorio la enfermera (la pediatra estaba de .vacaciones y no había suplente. Que bien funciona la sanidad pública), puso el grito en el cielo cuando le dije que le estaba dando fruta, que la OMS dice que sólo leche hasta los 6 meses, (no os digo yo por donde me paso lo que dice la OMS). Luego cuando volvió la pediatra de vacaciones, me dijo que si que claro, que si está tan estreñido que había que adelantar la introducción de la fruta (le conté la milonga de que como estaba de vacaciones y se había hecho una fisura me había ido a otro pediatra, cuando la verdad es que a ella ya sólo la tenía para las revisiones oficiales). A ver si las enfermeras comienzas a no meterse en lo que no saben.

El caso es que cuando cumplió los 6 meses ya no se dejaba estimular más, pobre mío, no me extraña. Yo continué con la eupeptina, pero a los 18 meses se hizo otra fisura... También continué con el rosario de pediatras, porque el de San Rafael se jubiló en enero de 2015, y la que me asignaron nueva tiene muchísimos niños y las urgencias las atiende a las 4 de tarde (horario maravilloso donde los haya para las madres trabajadoras, y todas las madres sabemos que los niños no avisan cuando se ponen malos), así que la he dejado para las revisiones. Ahora, su único consejo sobre el estreñimiento fue... que le diera eupeptina y una dieta rica en fibra.

El quinto pediatra fue el de mi infancia. Me crucé todo Madrid para llevarle a mi niño, me dijo que le diera eupeptina y que no me preocupara que era inocua y que no creaba hábito. Ya, pero es que mi hijo continúa sin hacerlo a diario, y formándosele unas bolas horribles, que lo pasamos todos fatal cuando las tiene que echar.

El caso es volví al ambulatorio, eso si, previo cambio de pediatra, y voilá, me tocó una competente. No me lo podía creer, una buena pediatra y al lado de casa. Me dio indicaciones escritas sobre que alimentos darle, y cuales evitar (bueno, el arroz y el plátano lo tenía prohibido desde hacía tiempo) y me habló del movicol pediátrico. Ya he comentado arriba que no he hallado respuesta a mis preguntas sobre este medicamento. El sueño duro poco, a la vuelta de las vacaciones de verano la habían cambiando por la típica extiende recetas de las Seguridad Social que pasa de todo, yo creo que ni me escuchó.

En enero vamos al especialista.

Aunque lo más curioso, o hartante, son las reacciones de la gente:

- Mi madre: me pregunta todos los días, varias veces, si el niño ha hecho caca. Me llama al trabajo sólo para eso.

- Mi suegro: que el problema es que no le he llevado al médico adecuado...

- Una farmacéutica: que por Dios, como le doy eupeptina tanto tiempo, que si es que no sé que medicar a los niños en exceso es malo, que si no he oído hablar de los masajes, o que porque no le doy fruta y... bueno me debió de tener como media hora todo sin conocer los problemas ni los antecedentes de mi hijo, pero es lo que tiene que hablar es gratis, y meterse en todo también. La tenía que haber mandado a la mierda.

- Una profesora: que como le seguía dando eupeptina a un niño ya tan grande, que les produce muchos retortijones y que tenía que trabajar más la alimentación... aquí si que la conté con detalle (es maja) y rectificó. Aunque que poco nos costaría preguntar antes de hablar.

- Otras madres que no tienen el problema: lo ven como una tontería sin importancia.

- El resto de la familia y amigos: ¿pero de verdad que le medicas? ¿y eso es bueno? no, de hecho voy a ver si le empiezo a dar cianuro. O, ¿pero tú cuidas la alimentación? no, le doy a diario arroz, no te digo.

- Otras madres con el mismo problema: comprensión absoluta, solidaridad y sabios consejos.

En fin yo sólo sé, que mi hijo lo pasa fatal, que nosotros lo pasamos fatal, que los pediatras no le dan importancia, y que sólo lo sabemos los que lo sufrimos.

lunes, 3 de agosto de 2015

Víctimas de la lactancia materna

Recientemente se ha publicado un libro en el que por primera vez (y ya era hora) un pediatra ha puesto sobre la mesa todas las falacias que nos están vendiendo sobre la lactancia materna. No es un libro en su contra como muchos piensan, sino que pone de manifiesto una serie de errores que se están cometiendo.

Por ejemplo, explica que hay más casos que nunca de niños desnutridos y raquíticos (a partir de los 6 meses la leche materna no es suficiente), o que crecen los casos de complejo de Edipo. Eso por no hablar de la desorbitada presión que se ejerce sobre las madres.

Yo comencé este blog estando sumida en una depresión post parto que me empujaba a pensar que la única solución a mis problemas era quitarme la vida. La puñetera lactancia materna tuvo mucho que ver en ello. Este blog fue la forma de liberar mis demonios, simplemente contando lo que me ocurría. Me llegaron muchos mensajes de otras madres que habían pasado por lo mismo, por correo electrónico, por Facebook, por mensajes en este blog (algunas entradas tienen más de 8.000 visitas )simplemente yo lo hice público. Éramos víctimas de la lactancia materna.

El dejar de dar el pecho a tus hijos antes de los 6 meses de convierte a los ojos de los talibanes de la teta en una mala madre, es increíble lo que tienes que llegar a oír o leer. La prueba está en que el pediatra que ha escrito el libro, ha recibido tantas amenazas que ha tenido que suspender la presentación.

Me rió yo de los del Estado Islámico.

Mirando comentarios en internet sobre este libro, descubro más mujeres como yo, que consideran que ya era hora de que mostrase esta realidad. Un contrapunto al libro del g. de Carlos González, que de verdad que cuando lo leí lo único que quería era asesinarle (le habría venido bien a ese hombre ponerse en algún momento verdaderamente en la piel de una mujer).

Los talibanes apoyan principalmente su opinión en que la OMS considera que la LM debe ser exclusiva durante los 6 primeros meses de vida. Pues bien, eso es porque la recomendación es para el mundo entero, y en los países en vías de desarrollo muchas veces es la única opción de alimentar a un bebe, bien porque no tienen otra cosa, bien porque los alimentos pueden estar contaminados. Son muchos los pediatras que a los 4 meses ya te dicen que les des fruta y cereales sin gluten, no todos defienden la LM de forma exclusiva hasta los 6 meses, además, son los médicos (como el que ha escrito este libro) quienes deberían hablar, no las madres locas, talibanas y sectarias, por no mencionar a las doulas o las matronas.

Por cierto, hablando de médicos, habría que preguntar a los ginecólogos, qué opinan ellos, ya que son los que ven el lado de la mujer, el lado de quien sufre. A mi el mío me retiró la leche sin más, parecería tener más empatía con mi situación que muchas mujeres (como la matrona de mi ambulatorio o la enfermera del pediatra).

De verdad que la presión que se ejerce sobre nosotras es absolutamente inhumana, hasta unos límites que quien no lo ha vivido no se imagina. Y si, yo no quiero dar el pecho si tengo una mastitis, o grietas, o un punto blanco, no tengo porque sufrir, la maternidad nunca debería ser sinónimo de sufrimiento. La maternidad es amor.

Yo fui una víctima de la lactancia materna, que me hizo perderme los primeros tres meses de vida de mi hijo, porque no le disfruté, es más, le rechazaba porque era la causa de mi dolor. Esos tres meses los tengo clavados como un puñal en mi alma, porque siento que me perdí una parte de mi bebe, de mi niño precioso que es mi vida entera. Y eso, es algo que no le perdono a nadie.

miércoles, 28 de enero de 2015

Madre trabajadora=madre cansada


Estoy comenzando a pensar, que tenía que haber titulado este blog, Diario de una mamá trabajadora, en lugar de Diario de una mamá novata. Y es que el gran reto no es afrontar ese gran desafío que es la maternidad, sino compaginarlo con una carrera profesional.
Cierto es que cuando comencé a escribir este blog aún estaba disfrutando de la (exigua) baja por maternidad, y que aún no sabía que lo realmente agotador estaba por llegar. Y es que los primeros meses son muy duros porque te encuentras fatal después del parto y tienes una criatura de la que hacerte cargo sin saber muy bien por donde empezar, eso sin hablar de las noches sin dormir, que son un auténtico horror. Sin embargo, el gran problema, aquello que no es un sprint sino una carrera de fondo a la que no le vas a ver nunca el final, es a tener dos trabajos, es decir, a ser una madre trabajadora.
En primer lugar en España hay gente que ha oído hablar de algo llamado conciliación laboral, algo lejano y remoto, una especie de mito legendario como el yeti o el monstruo del lago Ness, seres que hay dice haber visto, pero que todos sabemos que no existen realmente. Lo que si que existe es la reducción de jornada por maternidad, que en la mayoría de los casos se traduce en: trabajo unas horillas por cuatro perras que no me alcanzan ni para pagar la guardería y además lanzo mi futuro profesional por el WC; o la solución intermedia, reduzco mi jornada un mínimo (por el que me quitan una pasta en el sueldo), de manera que no tampoco se note demasiado en el trabajo (aunque tú si lo notas, porque trabajas menos horas pero con el mismo volumen de trabajo, es decir, mucho más estresada y encima cobrando menos) tratando de que no afecte a su carrera, y llegas siempre la última a recoger a tu hijo a la guardería. Y luego están las que trabajan igual que antes, y apenas ven a sus hijos que cuidan otras personas.
Parece ser que hay empresas que te permitan hacer jornadas intensivas en lugar de reducidas, pero creo que es una dimensión paralela o algo así.
Mi solución es la intermedia, que tengo que decir que no sé si es la mejor. Yo tengo el mínimo de reducción que permite la ley (trabajo 35 horas semanales, en lugar de 40), lo que me permite llegar por la tarde a recoger a mi hijo a la guardería (aunque siempre lo haga tarde), lo que implica que me quitan una pasta todos los meses del salario, y como tengo el mismo trabajo o más que antes y estoy menos horas en la oficina, tengo un estrés que no se lo deseo ni a mi peor enemigo. Porque una cosa hay que tener clara, nadie en tu trabajo va a tener en cuenta que tienes reducción de jornada, tú tienes que rendir igual y sacar la misma cantidad de trabajo adelante, independientemente de las horas que curres y de lo que cobres a final de mes. Pero aunque no sea lo ideal, para mi fue la única opción porque económicamente no podía permitirme más reducción y laboralmente creo que tampoco, me he dejado la piel para conseguir lo poco que tengo. Pero por otro lado, quería disfrutar de mi hijo, que para eso lo había tenido, y soy de las que piensa que los niños tienen que estar con sus madres, no con extraños.
Así que mi vida básicamente consiste en ir estresada a trabajar por todo lo que tengo que hacer en menos horas, salir corriendo del trabajo para llegar invariablemente tarde a la guardería, llegar cansada a casa, tanto que me cuesta hasta jugar con mi hijo, tratar de medio recoger la casa y arrastrarme hasta la cama. Bueno, eso y encima estudiar inglés.
Y antes de que alguien se pregunte que pasa con el padre de la criatura, decir, que éste se ocupa del niño en lo concerniente a jugar con él, pero ocurre siempre baños, cenas, limpieza, casa, recae íntegramente sobre mi.
Creo que nunca en mi vida me he sentido tan cansada.

Sé que hay madres que no trabajan, por favor las hago un llamamiento desde aquí, no se quejen delante de las que si lo hacemos; recordad: hacemos lo mismo que vosotras, pero después de ir a trabajar. Sinceramente, hay quejas que ofenden.