lunes, 26 de noviembre de 2018

La leyenda del pollo sin cabeza:


Si Washington Irving me hubiera conocido, yo creo que en lugar de hacerlo sobre un jinete hubiera escrito La leyenda del pollo sin cabeza; aunque sinceramente, creo que dicho icono del terror se basó de alguna manera en una madre trabajadora, y es que a veces nuestra vida da miedo.

Muchas veces me siento desbordada en todos los aspectos de mi vida, el otro día mi marido me decía que actuaba como si estuviera amargada, y lo más triste es que a veces pienso que es verdad.

Este es el resumen actual de mi vida: me levanto a las 7:30, y tras ducharme, desayunar y vestirme a toda prisa, levanto a lo niños. Levanto al mayor, le visto, le doy el desayuno, visto al pequeño. Primero dejo al pequeño en la guardería, y después al mayor en el colegio, lo que supone una media hora de venga, vamos (léase a gritos y con tono histérico).

Tras superar el atasco y llegar al trabajo, me ataco al ver la cantidad de trabajo que tengo, porque claro yo tengo reducción de jornada, pero no de volumen. El otro día una madre del colegio me decía que eso no podía ser, que si teníamos reducción de jornada se tenía que reducir el trabajo, que lo dejara sin hacer, y que así la empresa al ver que no salía saldría de su error. La pregunté donde trabajaba y me sorpendió cuando me dijo una empresa, pensaba de verdad que me iba a decir en la Luna.

En fin, el caso es que al tener reducción de jornada, no llego, y es agobiante, mucho, y yo el estrés lo libero comiendo. De abril a aquí he engordado 6 kilos. Mañana sin falta empiezo el régimen, no me va a valer nada en breve. Este año ha sido muy duro por muchas causas, y una de ellas ha sido el exceso de trabajo, una persona con jornada completa no habría podido con él, bueno de hecho durante un par de meses trabajé a jornada completa (no me lo pagaron por supuesto), y luego en casa a distancia hasta las 2 o 3 de la mañana cada día (sin remunerar of course). Nunca, en los 16 años que llevo trabajando, había soportado una carga de trabajo tan inmensa, tengo cosas por contestar de hace 3 semanas, y yo no soy así, me está afectando mucho, tanto que se me olvidan las cosas, bueno se me olvida todo, y paso mi vida en un continuo tengo que.... un horror.

Hace tiempo otra madre trabajadora, con un puesto directivo en mi empresa, me dijo que no se podía tener todo, creo que es mi principal problema, que lo quiero todo, una carrera profesional y ocuparme de mis hijos yo misma. Pero lo siento, considero que una mamá es aquella que cuida de sus hijos, lo otro es ser su madre, sin duda, pero no su mamá, y la diferencia es abismal. Aunque puede que esté muy equivocada.

A las 16:30 salgo de la oficina para ir a por los niños, básicamente voy como las locas con el coche porque llevo el tiempo justo. Todos los días me parece un milagro llegar al colegio a tiempo. Por supuesto, llevo la merienda, que he preparado la noche anterior y me he llevado conmigo al trabajo, detalle que hijo de 5 años no aprecia, pero que ya me encargaré yo de decírselo de mayor. Tras luchar con el mayor para que deje de jugar en la puerta del colegio con sus compañeros, me voy a la guardería a por el pequeño, que sólo quiere brazos y mimos. Cuando salgo de la guardería soy un bulto seguido por un niño, que lleva encima un bolso, la bolsa de su comida, la bolsa de la merienda, un portátil, la mochila del pequeño y un bebé en brazos, y eso sólo con dos manos, ja, me río yo de Shiva.

Al llegar a casa suelto todo, y como no podía ser de otra manera me pongo a ordenar y hacer camas, eso si no tengo algún médico al que ir (eso siempre, claro está, que me haga acordado de pedir cita. Tengo médicos para mi pendientes de aquí a la luna y vuelta). Si hace bueno vamos al parque, lo que supone correr detrás de dos niños, cada uno en una dirección, salvo si viene mi marido, claro, esos días son más relajados. Tras luchar con dos fieras desatadas consigo subir a casa, no sé como lo hago que siempre empiezo con baños y cena tardísimo, respecto al horario que deberían llevar unos niños de su edad, supongo que soy un poco desastre. Cuando oigo que hay niños que las 9 está durmiendo, me parece como la leyenda del Bigfoot, un mito, a esa hora mi casa está en plena actividad. Si no hace bueno nos quedamos en casa, lo que supone que se la echen literalmente encima, y luego me toque recoger, porque encima mis hijos son unos desobedientes de tomo y lomo y no recogen. Creo que lo estoy haciendo todo un poco mal.

Tras bañarles y ponerles la cena, me pongo a preparar la comida del día siguiente. Tras eso, prepararé la ropa y mochilas del día siguiente. A eso de las 10 trataré de iniciar una guerra fratricida para intentar que el mayor se meta en la cama. Con el pequeño es otro cantar, no se duerme hasta las 12 o 12:30, es súper insomne, así que le pongo en el carrito a ver la tele, para por lo menos poder recoger en paz. Cuando me quiero sentar son aproximadamente las 11 u 11:30, y debería trabajar algo, o tratar de escribir, o irme a la cama, pero no puedo, me enchufo a alguna serie de las 7 u 8 que suelo ver a la vez. Duermo una media de 5 horas diarias, porque ese es mi único momento de paz, pero me supone estar siempre agotada.

Para poder escribir esta entrada he tenido que madrugar un domingo y aprovechar el bendito silencio de la casa, porque claro sin hijos se acuestan muy tarde, pero luego no son de madrugar, aunque juro que lo preferiría.

La tan manida expresión no me da la vida, es tan literal en mi caso que creo que algún día me voy a romper en pedazos. En fin...

Ayer tuve una comida familiar, y una prima mía también con dos hijos y reducción de jornada se iba después al cine, y los niños se quedaban con sus padres. Me dieron ganas de llorar, a mi nunca me cubre nadie, si es por trabajo si, lo que haga falta, el otro día hasta que quedó a dormir mi madre en casa porque yo tenía una convención, pero nada por ocio, y a veces lo necesitaría.

Me hace mucha gracia esas mujeres que van al gimnasio y te dicen muy pomposamente que si quieres puedes, que siempre se encuentra un hueco para hacer deporte, que todo es querer, mirad chicas tengo un mensaje para todas vosotras de una mujer a la que hasta le duele el pelo de pasar tantas horas sentada, simplemente IROS TODAS A LA MIERDA.

A todas aquellas amas de casa, que se quejan porque tienen muchas cosas que hacer, vamos, básicamente las mismas que yo solo que encima trabajo, de verdad, IROS A LA MIERDA PERO DOS VECES, que toca, y mucho, los cojones oíros. Ahora ¿me quedaría en mi casa sin trabajar? primero es algo que nunca me podré permitir ni pensar, salvo que me toque la lotería, y creo que a los dos meses estaría harta, aunque desde luego sería todo más fácil, y no tendría tanta tensión en mi vida, porque lo que nunca dejaría es de ser mamá, mis niños son lo mejor que he hecho en la vida y lo único que da sentido a toda esta locura, es más, si pudiera hasta tendría otro...

martes, 13 de junio de 2017

Culpabilidad

En más de una ocasión he leído que el estado natural de una madre es sentirse culpable. Y tengo que decir que es una gran verdad. Supongo que el nivel de autoexigencia que nos imponemos es tan alto, que hace que al final nunca podamos ser como la imagen de nosotras mismas que proyectamos en nuestras cabezas.

Pero empecemos por el principio, ¿qué es para mi una madre? una madre es aquella persona que te cuida cuando eres pequeño, se desvela y está pendiente de ti en todo momento, y te hace la vida imposible cuando eres adolescente, para luego convertirse en tu guía en la vida adulta, eso es una madre, y no necesariamente tiene porque ser la persona que te ha parido. Recuerdo un relato de mi admirada Almudena Grandes, en la que una mujer ya adulta, recuerda su infancia a cargo de una muchacha de servicio, porque su madre estaba demasiado ocupada haciendo vida social, la persona que le compraba los uniformes del colegio era su madre, si, pero la criada que la consolaba de las pesadillas por la noche era su mamá.

A mi madre la crió mi bisabuela, mi abuela trabajaba de sol a sol, en una conservera de pescado, en el campo, con los animales, y en casa, no trabajaba más porque el día no tenía más horas. Mi madre llamaba mamá a su abuela, porque mi abuela era su madre, pero su mamá era mi bisabuela.

La madre de una amiga de mi hijo, es rumana, y cuando llegó a España su primer trabajo fue de interna cuidando a unos niños. Cuando encontró un trabajo mejor lo dejó, pero seguía yendo a visitar a esos niños, hasta que un día la madre le dijo que no volviera, porque los niños la querían mucho y lo pasaban fatal cada vez que la veían y se volvía a marchar.

Cuando pienso en mi propia infancia, la primera imagen que me viene a la memoria es la de mi madre, omnipresente, siempre cuidándome, era ama de casa y no tenía nada mejor que hacer. Sin embargo, cuando crecí su omnipresencia me asfixio en muchas ocasiones, y sólo deseaba que trabajara para poder darme un poco de tregua.

Mi tía materna siempre ha trabajado, igual que su madre, y a su vez a su hijo lo crió mi abuela. Una mujer de éxito, que en muchas ocasiones ha sido el espejo en el que yo me he mirado, la persona a imitar, y que un día me dijo que si miraba atrás no le había merecido la pena.

Hace poco a mi jefa, directiva en una gran multinacional, otra mujer de éxito, se le saltaron las lágrimas cuando al decirla que aumentaba mi reducción de jornada tras tener a mi segundo hijo, me dijo que hacía bien porque ella se había perdido la infancia de sus hijos, y nadie se la iba a devolver.

La hija de la mejor amiga de mi madre no trabaja, se dedica a vivir bien y cuidar de sus hijos, yo muchas veces lo pienso, sobre todo cuando noto que no puedo ni pararme a respirar y la envidio. Pero su madre me dijo hace unos meses, que su hija quería volver a trabajar pero era difícil tras 9 años en casa, que que bien había hecho yo combinando el trabajo con el cuidado de los niños.

Yo soy una madre trabajadora que le está robando horas al sueño (y tiene mucho acumulado) para poder escribir unas líneas a la 1 de la mañana, porque lo único que recuerda haber querido hacer siempre en esta vida es escribir, pero que no puede apenas ni contestar al whassap. Trato de llegar a todo y no puedo con nada. Hoy he ido al médico después de trabajar y mi hijo mayor me ha preguntado al llegar que donde estaba, estaba atendido, pero no por mamá. No quiero quedar con nadie (aunque me obligo a ello) porque siento que les robo tiempo a mis hijos, si paso la tarde con uno de ellos me siento culpable por el otro, sé que si no trabajara me asfixiaría en casa (o no), sé que me gusta trabajar, pero tras dos meses y medio siento que me estoy perdiendo a mi bebé, y me siento culpable. Sé que algún día crecerán y pasarán de mi, pero ahora necesitan mis cuidados, y no llego. Cuando me incorporé, al llegar a casa mi bebé se ponía como una moto, ahora sólo me sonríe.

¿Qué nos pasa a las madre que nunca estamos contentas? ¿por qué es tan difícil? y eso que ahora podemos conciliar, no quiero ni pensar como se sentía mi suegra, otra madre trabajadora y en su caso, sin apoyo familiar.

En muchos libros sobre maternidad, dicen que los lazos que se establecen con el primer cuidador son para toda la vida, pero ¿y si ese primer cuidador, sólo lo es durante unos meses, cuando precisamente menos consciencia se tiene? ¿qué ocurre entonces? no lo dicen, aunque está claro que si la autora del libro fuese madre diría que sentirse culpable.

miércoles, 3 de mayo de 2017

Un año en casa.


Ya he hablado aquí de lo difícil que me resultó volver a la oficina tras tener a mi primer hijo, bueno, pues ahora me toca volver a la oficina tras tener el segundo, y lo que es más importante, tras estar un año en casa, ahí es nada.

Los desprendimientos de bolsa que sufrí, unidos a otras complicaciones hicieron que estuviera de baja desde la semana 13 de embarazo, hasta el final, lo que unido a la baja por maternidad, el permiso de lactancia y las vacaciones del año pasado, suponen que haya estado un año entero en mi casa. Va a ser cuanto menos curioso volver a la normalidad, bueno a mi antigua normalidad, porque estar en casa es ya desde hace tiempo mi rutina de vida.

Al principio me agobié mucho, dejaba el trabajo de un día para otro, y tenía muchas cosas a medias, de ahí que comenzara a trabajar desde casa, además, hasta que me dijeron en la semana 25 que me dejaban de baja, siempre pensé que iba a reincorporar. Recuerdo que la primera semana, me la pasé entera viendo el Canal Cocina (me encanta cocinar) y decidí descansar y relajarme, además, como tenía que guardar reposo, poco más podía hacer, ni la cama, la hacía mi madre cuando llegaba por la tarde de recoger a mi hijo mayor de la guardería. Tras la primera semana pedí que me trajeran el portátil de la oficina.

Y así transcurrieron los primeros meses, en casa, guardando reposo, trabajando y viendo la tele, porque el día tiene muchas horas. En esa primera etapa me vi las tres últimas temporadas de Juego de Tronos, las dos últimas de Érase una vez, y la primera de True detective. Cuando acabó la primavera y comenzó el verano, me dijeron que me quedaba de baja, ya podía moverme, y salir algo, pero no volvía al trabajo, fue cuando empecé con Mad Men, enterita. El verano y el comienzo del otoño fue tiempo de las siete temporadas de The Good Wife, y la llegaba de mi bebé vino acompañada de las vivencias de Dexter. Ahora se supone que estoy viendo Breaking Bad, pero no me está gustando demasiado.

Estuve trabajando desde casa aproximadamente hasta el verano, luego ya sólo de forma puntual hasta septiembre.

La llegada del verano vino acompaña del levantamiento del arresto domiciliario, y sobre todo de poder volver a ocuparme de mi hijo, liberando así a mi madre. Fue un alivio para ambas. Con el calor tuve un riesgo alto de trombosis, y me mandaron nadar, así que cuando le recogía de la guardería nos íbamos los dos a la piscina municipal de al lado de mi casa, ya estaba gorda como un trullo y me suponía un gran esfuerzo, más con el calor. Nadie que no lo haya pasado, sabe lo que es estar embaraza en verano, y a mi encima me pilló con todo el tripón. Pero tengo preciosos recuerdos de esas tardes los dos juntos en la piscina, con mi niño, que ya empezaba a ser una personita, y ahora desde que ha empezado el colegio es un sinvergüenza de tomo y lomo.

Y así pasamos el verano. En agosto comencé con la operación inicio de cole, a comprarle la ropa y marcársela, y en cuanto me di cuenta era septiembre y empezaba el cole de mayores, como él dice. El primer día empezaron a las 10 de la mañana, y todo septiembre salía a las 15 hs, menos mal que estaba de baja, sino hubiera sido difícil. Recuerdo que para llegar las 15 al colegio comía a las 13:30, muy pronto para mi, y luego me iba con todo el calor del mediodía, y un tripón ya considerable a recogerle. Estoy cerca del colegio, pero iba en coche, porque no me daba la vida. Y luego toda la tarde con él, con mi tripón... pero se sobrevive a todo. Era la expectación del parque, porque de verdad que yo estaba absolutamente descomunal, y con el niño en el parque, a ver, en casa era peor y habían cerrado la piscina, todo el mundo me preguntaba, todos los días que cuando daba a luz.  También recuerdo estar hasta octubre en pantalón corto y sandalias, que calor se tiene embarazada.

Tras la llegada del bebé, me tocó volver a estar más en casa, además coincidió con la llegada del mal tiempo. Pero curiosamente es cuando más he establecido una verdadera rutina diaria. Ya totalmente desconectada de la oficina, mis días son, una vez superaba la primera fase de "no duermo por las noches, y me paso la mañana durmiendo", levantar al mayor, darle el desayuno y vestirle, para que se lo lleve su padre al colegio, ventilar, hacer las camas, recoger la casa, hacer la compra cuando toca, algún recado la mayoría de los días, ocuparme del bebé, escribir mientras duerme en su hamaquita a mi lado, comer viendo la serie de turno, y salir pitando al colegio porque he apurado tiempo de más viendo dicha serie, recoger al mayor, darle la merienda, coger el autobús a casa, ir al parque si hace buen tiempo, sino subir a casa, baños, cenas, a dormir los peques y yo vuelta a la tele, a un libro, o a escribir.

Esa es ahora mi vida, o lo va a ser hasta el lunes, que me toca volver a trabajar. Lo que más pena me va a dar es separarme de mi bebé, aunque también voy a echar de menos el silencio, ese maravilloso silencio que invade toda la casa cuando mi marido y mi hijo mayor salen por la puerta, esa paz, que hacía tanto tiempo que como madre trabajadora no saboreaba.

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Hace un mes que escribí las líneas anteriores, lo que supone que ya llevo un mes trabajando. Tengo que decir que ha sido menos duro que la otra vez, igual que el hecho de enfrentarme al postparto, supongo que porque ya lo has vivido y sabes a lo que te vas a enfrentar.

Al llegar a la oficina me sentí en cierta manera como si nunca me hubiera ido. Es raro, porque ya tenía muy hecha mi vida en casa. A veces, por la noche, se me olvida que al día siguiente tengo que madrugar, supongo que la falta de costumbre.


Lo que está siendo un poco caos, es volver a acostumbrarme a hacer las cosas de la casa, y sobre todo la compra por la tarde, con los niños... con lo fácil que es hacerlo tranquilamente por la mañana. Pero siento que mi vida vuelve a estar donde debe, además, ser madre trabajadora es como montar en bicicleta, una vez superada la adaptación, nunca se olvida.

jueves, 30 de marzo de 2017

Nuevo postparto:

El blog en el que ahora escribo, fue resultado de la necesidad de tener una vía de desahogo durante mi primer postparto, sobre el que di cuenta sobradamente en las primeras entradas. Por ello, al volver a quedarme embarazada una de las cosas que más miedo me daban eran el postparto, sin embargo, no ha podido ser más diferente.

Ya suponía que el segundo hijo te pilla con otras manos, y sobre todo con experiencia y la seguridad de saber lo que haces, pero lo que no suponía es hasta que punto también encaras el postparto con otra serenidad, más que nada porque sabes que tiene una fecha de fin.  

Aún en el hospital lo viví todo de otra manera, el ducharme después del parto (con el primero me pareció un mundo), el meconio, las primeras tomas... es que ya te lo sabes, y sobre todo decidí no agobiarme por el pecho, que se quedaba con hambre con los calostros, pues se pedía un biberón (aunque con éste sólo tuve que pedir un par), y todo transcurrió en paz y armonía.

Al llegar a casa siempre hay unos días de ajuste, pero eso ya lo sabes. En mi caso aproveché que mi hijo mayor estuvo unos días con mis padres para dormir en su cuarto, parece una tontería pero dormir mi marido y yo en camas separadas los primeros días ayudó a descansar mejor, sobre todo porque no me daba miedo despertarle por las tomas nocturnas, aunque tampoco debería dármelo que la recién parida era yo, y quien tenía que reponerse y descansar, aunque al final nunca descansas.

La episiotomía que tantos problemas me dio tras mi primer parto, y eso que fue mucho menor, no me los dio en éste a pesar de ser considerablemente más grande. También yo tuve muchísimo cuidado con los movimientos que hacía, nunca tuve claro si la primera vez se saltaron los puntos porque me cosieron mal o por un movimiento mío, así que me movía con una prudencia infinita. Además, me comencé a dar desde el primer momento que llegué a casa, y sin que me lo dijera nadie, el gel cicatrizante que me mandaron para cerrar la primera. Es cierto que en el hospital me dolió mucho, de hecho me tuvieron que dar calmantes, pero a los pocos días empezó a cerrar y en 15 días estaba curada. Primer paso superado.

El principal problema que tuve fue la tensión, me dieron el alta con ella alta, y tuve que recuperar el tensiómetro del final de mi primer embarazo para controlarla en casa, y volver a comer sin sal.... que horror. Un día llegué a 16 de máxima, y tenía un dolor de cabeza horrible, así que mi marido me tuvo que llevar corriendo a urgencias, donde me pincharon algo que me dolió una barbaridad, y me tumbaron del lado izquierdo, que al parecer hace bajar la tensión cuando tienes mucha tripa. Pero a las semanas de dar a luz, por suerte, comenzó a bajar. Menos mal, porque con eso si que estaba preocupada.

También me relajé con el pecho, aunque eso ya lo contaré. Hubo noches sin dormir, como es lógico, muchas, pero muy distintas a con el mayor. Mi primer hijo nos tuvo mes y medio sin dormir, y se tiraba hora y media para comer de día y de noche, un horror. Con el segundo durante las tomas nocturnas me iba al sofá, porque recordaba con pavor esas noches dando el pecho sentada en la cama, con mi marido gruñendo al lado, así que nada, en cuanto empezaba a dar la lata por la noche al sofá, me ponía cómoda medio tumbada para darle el pecho, y me sujetaba los brazos con cojines por si me dormía, y relajadamente le daba de comer. La verdad es que al final nos dormíamos los dos, y así amanecíamos muchos días, además, en cuanto me iba a la cama y le dejaba en el moisés lloraba, así que vuelta al sofá. Hubo muchas noches que no pude ni estirarme en la cama, era lo único que quería hacer, poder tumbarme y estirarme a gusto en la cama, pero pronto pasó, y mi bebé duerme y ha dormido mucho mejor que su hermano mayor. Lo bueno fue que el bebé era hacerse de día y dormir plácidamente, no como su hermano, así que ahí recuperaba yo sueño, es cierto que entré en un bucle que era pasar la noche en el sofá, dormir por la mañana, comer, ir al buscar al mayor al colegio, sobrevivir a la tarde con los dos, y vuelta al sofá, no hacía nada más, pero por lo menos dormía algo, que nadie sabe lo que es no poder dormir nada hasta que no se vive.

Por otro lado, y lo más importante no tuve depresión postparto, por lo que comparado con el anterior, éste me ha parecido un camino de rosas.


Lo más agobiante, eso si, de tener el segundo es que te tienes que ocupar de los dos a la vez, y no es fácil, a los 15 días mi marido tuvo que volver al trabajo (claro, que en lo único que me ayudaba era en ir a buscar el niño al colegio, porque lo demás, su frase hacia mi, recién parida y sin dormir, era ¿qué comemos hoy?, vamos ni pensar en ayudar en nada de la casa), así que tocó quedarme sóla con dos niños pequeños, y cuadrar horarios para ir a buscar al mayor al colegio, con un bebé de 15 días así lloviera, tronara... pero tiras para adelante, no queda otra, tiras de tu cuerpo, y al final yo creo que por eso te recuperas antes, a ver que remedio. Recuerdo que lo peor era por las mañanas, me agobiaba mucho que el bebé se pusiera a llorar justo cuando tenía que dar el desayuno y vestir al mayor, y es que lo de cuadrar horarios de dos niños es al principio una aventura.

lunes, 6 de marzo de 2017

Nueva maternidad:

Como ya comenté por aquí, hace unos meses he sido madre por segunda vez, así que ya no soy una mamá tan novata, sino más bien todo lo contrario, y tengo que decir que ha sido una experiencia totalmente diferente a lo anterior.

Empezaré con el embarazo.

Aunque el primero ya tuvo sus momentos de traca, con un ingreso hospitalario e hipertensión, éste se ha llevado la palma; comenzó igual que el otro, sin nauseas, vómitos, ascos u olores, sólo con algún mareo, pero en la semana 13, justo el día que iba al ginecólogo a hacerme el screening (si todo salía bien, ya lo iba a decir en el trabajo), tuve un desprendimiento completo de la bolsa.

Todo comenzó un poco antes de la hora de comer, fui al baño y no podía orinar bien, me costaba trabajo, aunque en ese momento no lo asocié con nada específico. Pero después de comer, sobre las 16 hs, se me puso de repente todo el abdomen duro como una piedra, igual que con las contracciones de Braxton Hicks, y comencé a notar un dolor punzante, horrible en toda la zona, que se iba haciendo más y más fuerte por momentos, tuve que agarrarme a la mesa para no gritar, hasta que de repente oí un chasquido, y el dolor cesó a la vez que notaba una sensación de calor muy intensa en la vagina. Fui corriendo al cuarto de baño, y estaba sangrando, no manchando un poco, no, sangrando como hubieran abierto un grifo a máxima potencia. Volví a mi mesa, cogí una compresa, y les dije a mis compañeras que tenía una hemorragia (ellas ya sabían que estaba embarazada) y me fui disparada al ginecólogo, que ya era casualidad que tuviera cita para aquel día.

Por el camino llamé con el manos libres a mi madre que había ido a recoger a mi hijo mayor, y ella como siempre tan optimista, igual que mi abuela, me espetó, pues nada hija olvídate que eso es un aborto. Después llamé a mi marido, para contarle lo que sucedía, y me dijo que le contaba, que si es que quería que fuera a la consulta del ginecólogo conmigo, porque no podía ir que estaba en el trabajo, le contesté que que menos que decírselo, y me respondió, pues bueno ya estoy informado y colgó. Todo esto mientras iba conduciendo por la autopista.

Así que ahí llegue yo a la consulta del ginecólogo, como pude y medio desangrándome. También había llamado a la consulta contando lo ocurrido y me hicieron pasar nada más llegar. La compresa que me había puesto en el trabajo hacía escasamente media hora, ya estaba completamente empapada y me corría la sangre por las piernas. El médico lo primero que miró es si el feto tenía latido, que lo tenía, y si la placenta se había desplazado, que no, eso era lo importante, ya que si la placenta se movía el bebé no se alimentaba y ya si que no había que hacer. La bolsa se había desprendido por completo de las paredes del útero, pero el bebé estaba vivo y alimentándose, así que tenía que guardar reposo.

Esa noche empapé las compresas, el pijama, las sábanas y la funda del colchón, como si hubiéramos matado a un cerdo en mi cuarto.  Y ahí comenzó mi estancia en casa, que se prolongó durante todo el embarazo. Durante la primera semana, vi mucho la televisión, siempre he sido seriéfila así que aproveché. Mi madre venía por las tardes a cuidar de mi hijo cuando salía de la guardería. A la semana pedí que por favor, me trajeran el portátil de la oficina y comencé a trabajar desde casa.

A los 15 días volví al ginecólogo, me dijo que todo iba bien, que la bolsa se estaba uniendo de nuevo al útero, y que me podía mover e incluso ir a trabajar (menos mal, porque de nuevo había ido yo sola al ginecólogo, aunque esta vez me cogí un taxi). Al llegar a casa puse una lavadora, tampoco hice mucho más, pero por la noche tuve una nueva hemorragia, cogí el coche y me fui a urgencias (si, sola y conduciendo) la bolsa se había vuelto a desprender, esta vez de forma parcial, y tenía que volver a guardar reposo.

Y así estuve, en casa. Otro día comencé a notar mucho flujo, demasiado, y demasiado líquido, volví a urgencias, al parecer no era líquido amniótico. Pero en la ecografía de las 20 semanas, la bolsa mostraba indicios de haberse roto en algún momento, y había sangre en el líquido. Del resultado de esa ecografía dependía que dieran el alta o no, y a la vista del resultado no me la dieron, estuve de baja el resto del embarazo.

Más o menos sobre la semana 25, parecía que el tema de la bolsa estaba más o menos superado, y me dejaron salir de casa, nadie sabe lo que es estar sin salir, y poder de nuevo respirar el aire de la calle. Pero entonces, empezó el calor en Madrid, yo creo que no hay experiencia más horrible que estar embarazada en verano. Una mañana me levanté con una pierna, la izquierda, muy hinchada y la otra no, se lo comenté al ginecólogo, que enseguida dio un respingo... riesgo alto de trombosis. Creo que entre un embarazo y otro, sólo me ha faltado tener diabetes gestacional.  Me mandaron nadar, darme masajes, poner los pies en alto, no podía estar más de 2 horas sentada... todo esto mientras me caían kilos y más kilos encima, 36 engordé en total.

Y así pasamos el verano, yendo a la piscina con mi hijo, ya que no nos pudimos mover de Madrid, mirándome continuamente las piernas. El otoño trajo vientos nuevos y algo de fresquito, menos mal, y me puse de parto.

Comencé a tener contracciones a las 8 de la mañana de un día de fiesta, y al romper aguas todos a la clínica, incluido nuestro hijo, que el pobre no entendía muy bien que pasaba y sólo me decía que quería desayunar, le di una caja de galletas, tal cual, pobrecito. Luego en la clínica le recogieron mis padres.

Como mi primer parto fue tan precipitado, me llevaron directamente al paritorio sin pasar por la habitación. Curiosamente me tocó el mismo anestesista que la otra vez, pero la experiencia fue muy distinta. Tengo unas venas horribles, horribles de verdad, muy finas, muy profundas, y se colapsan con facilidad, pincharme a mi es de nota, soy el terror de las enfermeras. Siempre lo advierto, pero no suelen hacerme caso, hasta que les toca buscarme la vena, claro. La enfermera no fue capaz, la matrona menos, y le dejaron al anestesista la tarea de cogerme la vía. Yo no le recodaba así, pero fue borde, borde, borde, grosero y antipático a más no poder, conmigo, con la matrona y con la enfermera, que hasta me miraban entre ellas, no sé si porque es así siempre, o la otra vez tuve suerte, o porque estaba de mala hostia por tener que trabajar un día festivo, pero el caso es que no pudo ser más desagradable. Le dije que mis venas eran muy malas, pero pasó, y claro cuando empezó a palpar se cagó en todo, pero ni cortó ni perezoso cogió una aguja y me pinchó así sin más, como si entrara a matar en Las Ventas, haciéndome un daño horroroso, grité, y me dijo literalmente que era una quejica y una floja, por supuesto, no cogió la vía en ese intento, pero del pinchazo comenzó a salir sangre a borbotones, que la matrona trató de parar. Me mareé, no olvidemos que estaba de parto y con contracciones, la matrona me tumbó para mofa del anestesista, algo muy profesional por su parte. Tuvo que intentarlo al menos dos veces más, hasta que lo consiguió. Luego al ponerme la epidural me hizo muchísimo daño, más del normal, lo sé porque ya me la habían puesto otra vez, y precisamente este mismo anestesista, cierto es que me la puso bien porque luego no tuve ni dolor de espalda ni de cabeza, pero contra me hizo mucho daño. Y claro como me queje, vamos di un grito, siguió con lo de que floja, y no sé cuantas cosas más, de hecho así se fue del paritorio.

Sin comentarios.

Con la epidural puesta, llegó mi ginecólogo, todo un alivio verle. Como mi primer parto fue precipitado, me había dado su móvil para que le llamase cuando estuviera de parto, todo un detalle. Todos esperábamos que el segundo parto fuera incluso más sencillo que el primero, pero no fue así. Dilaté rápido, pero el bebé no bajaba, no bajaba, y esperamos. Entró en bradicardia sostenida, vamos, que se le paró el corazón, el médico metió la mano, algo le impedía bajar y cuando lo intentaba se le paraba el corazón. Me pararon las contracciones con un medicamento que me provocó taquicardia y fuertes temblores (me lo advirtieron antes) y vivimos unos momentos muy tensos en el paritorio. Lo bajó al canal del parto con la ventosa (cuando la vi, casí me da algo), pero no salía. Al final le dijo a la comadrona se subiera y me metiera el codo, a mi que empujara cuando me dijera como si me fuera la vida en ello, y le pidió a la enfermera los forceps, porque tenía que sacarlo ya. Y así salió. Venía de cara, por eso no bajaba, y con doble vuelta de cordón, por eso se le paraba el corazón. El médico me dijo que porque era el segundo y yo era buena paridora, sino ni intenta lo de los forceps y nos íbamos directamente a cesárea. Hasta la placenta tardó en salir, no fue desde luego un parto fácil. Me dieron yo que sé cuantos puntos.

Pero después de tantas idas y venidas, mi bebé estaba en el mundo, y estaba bien.

Y de ahí a la habitación, que alegría me dió llegar.

Los días siguientes fueron muy distintos a los transcurridos con mi primer hijo, en primer lugar, no vino a verme casi nadie. Con el primero la habitación parecía una estación de metro, al segundo casi no fue nadie a verle, hasta el punto de que yo en determinados momentos me sentí muy sola. Sé que hay mujeres que no quieren visitas, bien, pues se pregunta a la madre y ya está, no se dan las cosas por supuesto. Tampoco tuve flores, ni apenas regalos, cuando con mi primer hijo, mi padre y mi marido tuvieron que hacer varios viajes a casa para ir llevando cosas... en fin que triste. De hecho, es la fecha (y han pasado muchos meses) que hay mucha gente que aún no ha venido a conocer a mi bebé.

Los puntos me dolían, mucho, y me medicaron para que no me quedara en cama, el riesgo de trombosis era aún más alto ahora y se me disparó la tensión. Me dieron el alta con 14/9, e instrucciones de vigilancia en casa. A los pocos días me tuvo que llevar mi marido a urgencias porque llegué a los 16, afortunadamente tras un par de semanas comenzó a bajar.


Ya estaba en casa con mi bebé. Pero el segundo postparto ya lo cuento otro día.

viernes, 20 de enero de 2017

La generación del Dalsy:

Si digo que conciliar maternidad y trabajo fuera de casa es complicado, no descubro nada nuevo, aunque es cierto que solamente las madres trabajadoras (por regla general, a los padres españoles les queda mucho camino por recorrer en la asunción de responsabilidades en este tema) sabemos realmente cuán difícil es; y como si el niño/a se pone malo, la cuadratura del círculo es un juego al lado de lo que nosotras hacemos. Yo a veces hasta creo oír de fondo la música de Misión Imposible, bueno lo cierto es que me la canto yo misma, por aquello de rebajar presión.

Claro está que hay determinadas circunstancias que hacen que dicha tarea, propia de los doce trabajos de Hércules, sea más o menos complicada. Para mi las principales serían:

- La flexibilidad laboral, es decir, la posibilidad de acomodar tu horario de trabajo a tus necesidades personales. No es la panacea, pero ayuda, sobre todo a la hora de tener que llevar el niño al médico, o ir al trabajo después de una, o varias, noches en vela, y a menudo en urgencias. Y es que aunque a algunos les parezca un escándalo, se puede hacer el mismo trabajo que tus compañeros, pero a otras horas, porque al final, no nos engañemos lo importante es que el trabajo salga, algo también aplicable a la reducción de jornada.

- El teletrabajo, ese invento que te permite realizar tu trabajo desde casa, y que a muchos todavía les parece tan lejano y ficticio como la teletransportación de Start Trek. Claro que va totalmente en contra de esa filosofía laboral tan extendida en nuestro país, popularmente conocida como "calentar silla", y que lleva a muchos a pensar que el mejor trabajador/a es aquel que se está siempre en su puesto y hasta las mil, da igual que entre medias se haya tomado siete cafés, y haya bajado nueve veces a fumar a la calle aunque no fume, se queda hasta tarde. Al algunos les deberían explicar el significado de la palabra productividad.

- El tercer elemento, y el recurso más habitual son los abuelos, vamos que dejas al niño/a con tus padres o tus suegros, y te largas a trabajar tras, en mi caso, cruzarte todo Madrid en hora punta, y tratar de llegar a una hora razonable a la oficina (de ahí al Paris-Dakar de cabeza), aunque hay suertudos que los tienen al lado de casa, pero no es mi caso.  Consejo para todas aquellas parejas jóvenes que estén buscando piso y quieran tener hijos en el futuro: quedaros cerca de la familia, la vais a necesitar.

El último recurso, cuando falla todo lo anterior es recurrir al Dalsy o la Apiretal, es decir, le metes un chute de antitérmico a la criatura, le endosas al cole/guarde, te vas a currar y que sea lo que Dios quiera. Por desgracia, ésto es lo más habitual de unos años a esta parte, sobre todo en las grandes ciudades donde hay mucha gente que procede de otras provincias, y no tiene aquí a la familia, o como en muchos casos los abuelos aún trabajan. Hombre, también te puedes coger el día de vacaciones, si, pero no hay vacaciones que cubran el calendario escolar y además las enfermedades infantiles. Por eso, yo a nuestros niños les llamo la generación del Dalsy, porque al final para que este medicamento quien les está criando, pobrecitos míos.

Ya hay muchos colegios que tienen servicio médico (algo impensable cuando yo era pequeña), y te entregan un protocolo para cuando les tengan que administrar ellos medicamentos. Hay otros colegios (la mayoría públicos), donde no te dejan que los niños vayan a clase con medicación. No sé como lo harán los padres en estos casos, a mi si muchas veces no me hubieran dejado llevar a mi hijo mayor con medicación en la guardería, no sé como hubiera podido seguir trabajando.

Toda esta reflexión, con la que no le descubro nada nuevo a nadie que tenga hijos, viene a raíz de una conversación que tuve recientemente, con una amiga que reside en Alemania con su marido y su hijo de casi dos años. Le comenté que cómo lo hacían estando ellos solos (ella española, él italiano) sin abuelos que les ayuden, y me respondió que es complicado, sobre todo cuando se pone malo, pero que en esos casos teletrabaja o si ve que el niño no la va a dejar hacerlo, pide el justificante.

¿El justificante? ¿qué justificante? ¿de qué me estaba hablando?

Bueno pues es que resulta que en Alemania, cuando tu niño/a se pone malo, su pediatra te hace un justificante para tu empresa en el que indica que considera que el niño se tiene que quedar en casa X días, y nadie ve mal que tú te quedes a cuidarle, es más, lo ven lógico, es tu hijo. Cuando la dije que aquí mucha gente le mete un chute de Dalsy (que por cierto, allí no existe, no hay nada parecido) y ala para la calle, le pareció un escándalo, horrible, y es que no nos engañemos, lo es, pero hace tiempo que hemos perdido la perspectiva.

Sin embargo, para llevar a cabo estas medidas en España harían falta dos cosas:

1.- Concienciación de la sociedad y los empresarios, de manera que nadie viera mal que un padre o una madre faltaran al trabajo para cuidar a su hijo.

2.- Que se usara con responsabilidad, ya que no olvidemos que estamos en un país que hizo de la picaresca uno de sus grandes géneros literarios del siglo de oro.


Por cierto, han pasado semanas desde esta conversación, y a mi aún me dura el cabreo con este país. Se me va a tardar en pasar, bastante tiempo. 

martes, 20 de septiembre de 2016

De la elección de colegio, y el valor de la educación.

Este año me he tenido que enfrentar a uno de los momentos que más temen muchos padres, la elección de un colegio para mi hijo. ¿Y por qué es tan temido? muy sencillo, por las historias de terror acerca del tema que nos han contado otros padres que han sufrido la experiencia antes que nosotros. Horarios que no cuadran, colegios conflictivos, falso bilingüismo, cupos cubiertos... parece algo parecido a la Aventura del Poseidón, pero una vez superado, tengo que decir que no ha sido para tanto. Así que mejor no agobiarse con el tema.

Como sé que hay gente que me lee desde Sudamérica, os explico que en España existen tres tipos de colegios, los públicos, los privados y los concertados. De hecho, creo que es el único país del mundo donde existe esta última modalidad. Se trata que algo que puso en marcha el gobierno socialista de Felipe González en los años 80, y que consiste en dar una subvención de dinero público a colegios privados, de manera que la escolarización en los mismos sea más económica y por tanto, accesible a más capas sociales. Con ello se resolvían en la época dos problemas de un plumazo, por un lado el elitismo de los carísimos, e innaccesibles para la gran mayoría, colegios privados, y la carencia de plazas suficientes en centros públicos. En España, como en el resto de Europa, la escolarización no sólo es obligatoria, sino que es un derecho fundamental de todos los españoles, recogida en el Título I de nuestra Constitución, por lo que el Estado tiene que garantizar por Ley, si o si, una plaza a todo niño en un colegio público o, como en el caso de los concertados, subvencionado por el Estado. Sin embargo, en los primeros años de nuestra actual democracia, los gobiernos de la época se encontraron con que, sobre todo en las grandes ciudades, ésto no era algo tan fácil, y era más económico dar las subvenciones a los colegios privados que quieran adherirse que construir todas la escuelas públicas que hacían falta en aquel momento. A mi me parece una solución muy inteligente, la verdad.

¿Cómo se había llegado a esa situación? muy sencillo, históricamente en este país la enseñanza había sido un privilegio de las clases pudientes. Los colegios estaban mayoritariamente en manos de congregaciones religiosas, y orientados a educar a los hijos de aquellos que podían pagar. No había un sistema público de enseñanza, y los niveles de analfabetismo eran de los más altos de Europa. Estoy hablando del s.XIX y comienzos del XX. Pero estaba claro que un país sucesivamente en manos de monarquías absolutistas, gobiernos pseudodemocráticos elegidos en el mejor de los casos por sufragio censitario, alternando liberales y conservadores en el poder (como tan bien lo reflejara Galdós en su novela Miau) o por dictadores como Primo de Rivera, era más fácil de manejar cuanto menor fuera el nivel de estudios de la población.

A veces pienso que ésto no ha cambiado tanto.

En las zonas rurales el problema se agravaba más, porque no sólo es que no hubiera escuelas, es que nadie, salvo el cacique del pueblo, se planteaba enviar a sus hijos a estudiar. Se tenían muchos hijos, más incluso de los que se podían alimentar, para que ayudaran en el campo. Con apenas cuatro años ya estaban trabajando. Y ahora nos escandalizamos de la explotación infantil en el tercer mundo, que poca memoria tenemos los españoles.

Con la llegada de la II República, se produjo uno de los grandes hitos en la historia de la educación en este país, la reforma educativa. Porque el saber nos hace libres, y la educación nos da alas, se creó toda una red de escuelas públicas, mejorando con sumo lo ya existente, de manera que hasta en el rincón más inhóspito de la España más profunda, hubiera un colegio estatal, que garantizara una educación de calidad y gratuita a todos los estamentos sociales. Además, cuando hablo de calidad, hablo también de modernidad, aunque ésto último sólo se percibió en las grandes ciudades, no dio tiempo a más. Mi abuela paterna, madrileña de pura cepa, estudio en un instituto público (si, fue al instituto) con el sistema de la reforma educativa. No tenía nada que envidiar a la educación actual. Eran laicos y modernos, tenían extraescolares como baloncesto (con lo que implicaba para la pacata mentalidad de la época que una mujer practicara un deporte, y encima en pantalón corto) o visitas a museos. Mi otra abuela no tuvo tanta suerte, natural de una aldea del norte de España, sus padres no la dejaron ir al colegio, porque para que quería una mujer aprender nada; se escapaba de sus tareas en el campo para ir a la escuela, hasta que la pillaron sus padres, aunque gracias a eso por lo menos mal leía y mal escribía. Para que se vea como ha avanzado la situación en este país, las mujeres de mi familia somos un gráfico ejemplo: mi abuela materna era analfabeta (lo digo abiertamente, porque no creo que sea algo vergonzoso, ni a ocultar), mi madre pudo ir al colegio, pero a los 12 años comenzó a trabajar (algo muy habitual en la época), y yo tengo una licenciatura universitaria y un máster de postgrado.

Por favor, no dejemos que este país involucione. Aún recuerdo a mi abuela, acercándose sigilosamente a mi mientras estudiaba, para susurrarme al oído, "estudia, estudia tú por mi, todo lo que yo no pude estudiar". Eso, y sacarse el carnet de moto, eran sus dos grandes frustraciones en la vida.

La guerra civil supuso el cierre de los colegios e institutos, y la llegada de la dictadura franquista un retroceso abismal. Se mantuvieron abiertas las escuelas estatales, si, pero se utilizaron como medio de adoctrinamiento de la población. Se utilizaba un libro de texto, el Florido Pensil, que leído ahora pone el vello de punta. Los colegios privados, en mano de la Iglesia católica, no eran mucho mejores, en el plano académico si, desde luego, era donde se aprendía, pero muchos también eran utilizados como un medio de represión del pensamiento. Sin embargo, comenzaron a surgir colegios privados que no estaban en manos de la Iglesia, sino que eran fundados por seglares en un intento de abrir pequeños oasis de pensamiento, era lo que quedaba de la reforma educativa de la II República y la educación libre de enseñanza. Mi padre estudio en uno de esos colegios, donde para su sorpresa, le enseñaron a pensar. Pero sólo estaban al alcance de las clases sociales más pudientes.

Otra cosa era la Universidad. Hasta los años 90 no hubo universidades privadas en España, sólo existían las públicas (con la excepción de ICADE/ICAI, Deusto y Comillas, que eran y son de la Iglesia católica, y que a parte de carísimas, siempre han gozado de un más que excelente nivel académico), lo que hace que tuviéramos y tengamos una de las mejores Universidades Públicas del mundo (que espero mantengamos), a la que por desgracia hasta los años 70/80 no tuvo acceso la mayoría de la población. Es cierto, que durante la dictadura no había libertad de cátedra, y había espías del régimen infiltrados entre los estudiantes, pero aún así fue el germen del comienzo de la oposición a la dictadura; mi padre comenzó sus estudios en la Complutense en septiembre del 68, y recuerda perfectamente la bocanada de inusitada libertad que suponía en aquella época ser universitario.

Y llegamos a los primeros años de la democracia, cuando nací yo, justo a la vez que la Constitución. Los gobiernos primero de UCD y después del PSOE, como digo se encontraron con que debían garantizar una educación gratuita todo el mundo, pero no tenían de donde sacar el dinero, así que digamos tiraron por la calle del medio. Al sistema de concierto se adhirieron en su mayoría los colegios religiosos, y así continúa siendo en la actualidad; se da un importe fijo por niño/año y los padres deben sufragar la parte de la plaza de su hijo que no cubre el dinero dado por el Estado, lo cual obviamente varía mucho de unos colegios a otros. Comedor y extraescolares se pagan por los padres, pero eso es igual en los colegios públicos.

La mayoría de colegios privados creados a lo largo de la segunda mitad del s.XX continúan siéndolo, amén de muchos otros posteriores, sobre todo con la llegada de los llamados colegios internacionales. Son carísimos, y en muchos de ellos apenas queda un resto de lo que fueron, algunos se han convertido en un "pago para que aprueben a mi hijo", lo que es una lástima. Otros no, son muy buenos, aunque evidentemente sólo para quien los pueda pagar.

Actualmente se ha abierto de nuevo, sobre todo por las nuevas fuerzas políticas emergentes, el debate acerca de la necesidad de mantener los colegios concertados. Dicen que ya no son necesarios como lo fueron en su momento, pues ya hay suficientes escuelas públicas, y que supone tener menos dinero para el sistema de educación pública, que ha sufrido numerosos recortes con la crisis económica de los últimos años (lo cual es cierto). Pero por otro lado, también he leído ataques no tanto a la parte económica, sino al hecho de que en su mayoría son colegios religiosos, y es que vivimos un momento de inversión social en ciertos aspectos, en el que parece que ahora a la gente se la persigue por tener fé. No veía bien lo de antes, no veo bien lo de ahora, porque al final es lo mismo, no respetar la libertad de pensamiento individual (por cierto, y por si alguien tiene dudas, yo no soy una persona religiosa). También he leído auténticas soflamas en defensa del concierto de los colegios religiosos, basándose en ¿la Constitución?, madre mía, si todos los que la citan se la leyeran cuantas tonterías nos ahorraríamos de leer y oír. España es un estado aconfesional, y por tanto no tiene que garantizar una educación religiosa, y si una escuela pública de calidad. Seamos sinceros, lo que ocurre es que a muchos nos viene de perlas llevar a nuestros hijos a un colegio concertado, con educación y servicios de privado, a coste de público. No seamos hipócritas.

Sobre la calidad en la educación actual, ufff... creo que eso daría para una tesis doctoral. Pero vamos, creo que no soy la única que percibe que las generaciones actuales aprenden menos que nosotros, desde luego muchos de ellos a manejar correctamente el castellano, no. El éxito de muchos colegios concertados radica también precisamente en el hecho de que mantienen parte de la excelencia académica que tuvieron en otras épocas (dentro de lo que les permiten nuestros actuales y pésimos sistemas educativos). Evidentemente también colegios públicos realmente buenos, pero los pide todo el mundo, claro, y entrar es como que te toque el gordo de la lotería de Navidad, aunque debido a la baja natalidad, cada vez lo es menos.

Llegados a este punto de mi diatriba, retomo el inicio de esta perorata, la elección de un colegio para mi hijo. La mayor parte de disgustos ajenos que he presenciado, se han debido siempre al hecho de que los niños no han podido entrar en el colegio que querían los padres. Y muchos hacen de eso un auténtico drama.

En los colegios públicos y concertados se entra por puntos, puntúa la cercanía al centro, el ser hijo de antiguo alumno, tener hermanos dentro, ser hijo de un profesor, familia numerosa, tener algún miembro de la familia con discapacidad... Echas la instancia al colegio que más te convence, y entran los niños que tienen más puntos. Los que se quedan fuera son recolocados por la consejería de educación en aquellos colegios que nadie quiere, y ahí, es donde comienza el drama, porque los públicos y concertados ya tienen cubiertas la vacantes, y o te toca asumirlo, o pagar un privado, donde obviamente la admisión consiste en pagar y ya. El problema que esos colegios que nadie quiere, son colegios con un bajísimo nivel académico, y otros problemas añadidos.

Los colegios organizan jornadas de puertas abiertas para que los conozcas. A mi todo el mundo me dijo que visitara sólo tres o cuatro, pero me vi ocho, y no me arrepiento, es una decisión importante, y hasta que no vas y los ves, no te haces una idea real. Hice una pre-selección de los que quería visitar en base a algo que recomiendo a todos los padres que lean ésto, establecer unos criterios de lo que es conditio sine quam non para ti, en mi caso:

- Estar cerca de casa.
- Tener buen nivel académico.
- Tener un buen horario.

Lo demás me resultaba secundario. Lo he hablado con otros padres, y todos coinciden en que es fundamental, y varían mucho, por ejemplo hay que ha dicho que quería un colegio cerca de casa, con uniforme y religioso. Cada uno es un mundo, piensa que buscas tú, y no des palos de ciego.

Las jornadas de puertas abiertas se las curran mucho los colegios concertados (muchos hasta te invitan a comer) y muy poco los públicos, la verdad. Privado no vi ninguno, no los puedo pagar. Lo malo es que se paran demasiado en aspectos como el ideario del centro, y cosas así, algo que ya conocemos los padres que estamos allí, vamos a ver, que les hemos investigado previamente, por favor, cuénteme lo que me interesa, es decir, horarios, organización del día a día... vamos lo práctico, y lo que acabamos preguntando todos. Yo me iba con un cuaderno, y preguntaba tanto que el resto de padres me habían corro. Curiosamente, en el que colegio que finalmente he elegido a la profesora que interrogué es la tiene ahora mi hijo, jajajaja

En todo este proceso, me he encontrado con una variedad de padres que no esperaba, el padre/madre talibán (si, como con la lactancia materna), y es como en todo lo que afecta nuestros hijos, la gente se radicaliza mucho. Le tengo que dedicar una entrada del blog con calma. Pero me he encontrado con padres lanzado auténticas peroratas en el parque en defensa de la educación pública (que si, que está muy bien, pero vamos que cada uno lleva a sus hijos donde quiere) y que prácticamente me han dejado de tratar porque elegí para mi hijo uno concertado y religioso (consideran que les estamos robando el dinero). Y luego están los que creen que pagando más sólo obtienen lo mejor, y te miran con una mezcla de lástima/superioridad porque no has elegido un privado. !Dios, que hartura de gente¡

Por cierto, en mi caso tuve muchas dudas sobre que colegio elegir, porque me gustaban varios, aunque todos del mismo estilo, porque yo buscaba la disciplina académica de los colegios religiosos, y al final inclinó la balanza la ubicación y los horarios, porque luego entra en juego el tema de la conciliación laboral, aunque como decía Michael Ende en La Historia interminable, esa es otra historia, y deberá ser contada en otro momento.